09 07 2026
Del boom solar al almacenamiento: el músculo que Chile ya construyó.
La nueva etapa de la transición no parte desde cero. Más de una década de EPC fotovoltaico dejó capacidades técnicas, operacionales y constructivas que hoy se trasladan directamente al Balance of System de los proyectos de almacenamiento.
Por Ricardo Sylvester, director de oEnergy
Cuando se habla de almacenamiento, a veces pareciera que estuviéramos frente a una industria totalmente nueva, como si Chile tuviera que partir de cero para enfrentar la siguiente etapa de la transición. Mi experiencia en oEnergy desde 2013, con el desarrollo de proyectos EPC fotovoltaicos me lleva a una conclusión distinta: buena parte de las capacidades que el almacenamiento necesita ya están construidas.
Lo que ocurrió durante la última década fue mucho más que levantar plantas solares. El país formó profesionales especializados y mano de obra calificada, creó empresas capaces de diseñar, construir, operar y gestionar proyectos en toda la cadena—desde la escala de distribución hasta las plantas utility—, consolidó cadenas de suministro y acumuló conocimiento práctico ganado en terreno.
Ese capital humano y operativo es hoy la plataforma sobre la cual debe desplegarse la siguiente fase, y esa fase tiene un nombre preciso: convergencia. La primera etapa de la transición consistió en incorporar generación renovable a gran escala; la siguiente consiste en integrarla con sistemas de almacenamiento con baterías (BESS) para entregar energía de forma resiliente, estable y conforme a los requisitos del Sistema Eléctrico Nacional (SEN). Y esa convergencia ya ocurre a escala: según el Reporte Mensual del Sector Energético de la CNE, a diciembre de 2025 se registraban 70 proyectos BESS en construcción, equivalentes a 6.895 MW de potencia neta.
Y aquí está el punto que conviene no pasar por alto: buena parte del trabajo de un proyecto de almacenamiento ocurre en su Balance of System (BOS), la misma capa de ingeniería, obra civil y montaje eléctrico que la industria solar perfeccionó durante años. Antes que una industria enteramente nueva, el almacenamiento debe entenderse como una evolución de capacidades que Chile ya desarrolló.
La expansión fotovoltaica consolidó procesos hoy indispensables—gestión de riesgos, seguridad industrial, logística para obras remotas, control de calidad y comisionamiento mediante pruebas FAT y SAT en fábrica y en terreno. Todo ello industrializó el montaje, mejoró la repetibilidad y creó una disciplina de ejecución que ahora resulta clave para el almacenamiento.
También obligó a incorporar capacidades técnicas que antes no existían a esta escala: electrónica de potencia, sistemas SCADA, coordinación de protecciones y articulación con los centros de control. Esa experiencia no reemplaza las exigencias propias de las baterías, pero entrega una base concreta para abordarlas con mayor madurez.
De esa primera ola quedan aprendizajes vigentes: estandarizar diseños acorta plazos, los acuerdos marco con proveedores contienen riesgos de precio, la coordinación temprana con reguladores evita retrabajos y el O&M debe pensarse desde el diseño. La pregunta, entonces, no es si esa experiencia sirve para el almacenamiento, sino cómo se aprovecha. Ingeniería de detalle, obras civiles, montaje de subestaciones, gestión de proyectos, seguridad y salud ocupacional y suministros estratégicos son directamente transferibles, tanto a proyectos híbridos como a sistemas BESS standalone: buena parte de la infraestructura de conocimiento que el almacenamiento requiere no hay que inventarla.
Eso no significa minimizar lo nuevo. El almacenamiento introduce complejidades especializadas en control, supervisión y gestión energética, donde debe garantizarse una integración robusta entre el sistema de conversión de potencia (PCS), el de gestión de baterías (BMS) y el de gestión de energía (EMS). También cambia la puesta en marcha: a las pruebas tradicionales se suman ensayos dinámicos—ciclos de carga y descarga, desempeño térmico, respuesta ante contingencias y verificación de parámetros como eficiencia, disponibilidad y degradación— y estrategias que integran variables técnicas, operativas y económicas para maximizar el valor del activo en el SEN.
Esa es la frontera real: integración de sistemas, control avanzado, electrónica de potencia, ciberseguridad industrial y gestión energética inteligente son el factor diferenciador entre una planta solar convencional y una infraestructura de almacenamiento a escala utility. Pero esa capa se vuelve abordable cuando ya existe experiencia en integración eléctrica, automatización y coordinación con el sistema.
La tecnología existe, evoluciona y opera a gran escala en distintos mercados: no es ahí donde Chile enfrenta la mayor incertidumbre. El reto es, en gran medida, de ejecución: convertir proyectos complejos en infraestructura operativa, segura y confiable. Y la ejecución es, justamente, lo que la industria nacional aprendió a hacer.
Las empresas que desarrollamos plantas solares durante esos años—es el caso de oEnergy— hoy impulsamos proyectos de almacenamiento no desde una hoja en blanco, sino proyectando hacia una nueva infraestructura los aprendizajes ganados proyecto a proyecto.
En esa continuidad—en la capacidad de ejecutar la convergencia entre generación y almacenamiento— reside una de sus mayores fortalezas para construir un sistema eléctrico más resiliente, flexible y preparado para lo que viene.
Fuente: Comisión Nacional de Energía (CNE). Reporte Mensual del Sector Energético. Enero 2026. https://www.cne.cl/wp-content/uploads/2026/01/RMensual_v202601.pdf
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